Bob Dylan en Costa Rica

Alrededor de las cinco de la tarde del cinco de mayo, empezó a llover en Heredia.

Llovió bastante. La mayoría de los asistentes al concierto de Bob Dylan en el Palacio de los Deportes se resguardaron en las marquesinas de los locales aledaños. Sólo tres individuos soportaron el aguacero completo, guardando sus lugares junto al portón de la entrada. El segundo de la fila, ese guatemalteco de la capa plástica verde y botas negras empapadas, era yo. ¿Cómo llegué ahí?

Espero que no moleste a mis lectores que relate con tanta subjetividad y detalle el mejor concierto de mi vida. A poco más de una semana de llevarse a cabo, aún sigo asimilando como todo ocurrió por un simple giro del destino. Me saltearé la primera parte, que consiste en un corto viaje por avión, minivan y taxi, para llegar a la peor experiencia de mi breve estadía en Costa Rica: recoger el tiquete de entrada en uno de los puntos de servicio de Specialticket.

La culpa fue mía. Ahora cuento la anécdota como un episodio gracioso, pero cuando me dijeron que no me darían el boleto si no llegaba el dueño de la tarjeta con la que lo había pagado, me sentí morir. Hubiera preferido que se cayera el avión a no poder entrar al concierto. Al final de cuentas, lo primero hubiera sido responsabilidad del piloto, pero lo segundo hubiera sido todo a cuenta mía, por incauto. Les doy el mejor consejo que puedo darles si alguna vez planean ir a un concierto a otro país: no compren un boleto con una tarjeta que no sea suya. Desde un teléfono público me comuniqué con las oficinas de la boletería y me indicaron que llegara al recinto dos horas antes del concierto, para que personeros de la compañía resolvieran mi situación. Jesús.

Eran las diez de la mañana y no iba a esperar ocho horas en una ciudad extraña para ver si podría entrar al concierto. En mi desesperación, empecé a caminar por las avenidas maquinando nuevas estrategias para hacerme de mi entrada. ¿Aceptarían un soborno? ¿Llevaba suficiente efectivo para pagar por algo que ya había pagado? De alguna forma llegué al Palacio de los Deportes. En la entrada sólo habían unas siete personas. Cual turista que era, le tomé una foto al cartel:

El Palacio de los Deportes
presenta
   CONCIERTO                              
          BOB DYLAN
                     5 DE MAYO
8 PM     2012

Bajé la mirada y me di cuenta que la boletería ya estaba abierta y habían dos representantes de Specialticket. Era el momento de la verdad. No había vuelta atrás. Estaba a cientos de kilómetros de mi hogar, que ya es decir bastante cuando uno es un completo desconocido en la ciudad. Todo dependía de mí. Me acerqué, saludé muy amable y pregunté si ahí podía recoger mi tiquete. Entregué la tarjeta de crédito y mi pasaporte. Escondiendo mi nerviosismo, le dicté el código de compra al dependiente. Ingresó el código a su computadora, revisó mi pasaporte, troqueló la tarjeta, revisó mi pasaporte, revisó la tarjeta, imprimió mi boleto, me devolvió la tarjeta, me devolvió mi pasaporte, me entregó mi boleto… ¡Me entregó mi boleto!

62302-img-20120505-00204Alegría, alivio, incredulidad y paranoia me invadieron a la vez. Me alejé caminando lo más rápido posible, no fuera ser que un par de carabineros me detuviera por sospecha de robo de tarjeta de crédito. Recorrí unas cuantas cuadras, hasta encontrar un café internet. Me reporté con mi familia, indicándoles que todo estaba bien, y le escribí a mi buen amigo, ese que por andar comprando vinilos se había quedado en Guatemala sin fondos para viajar a Costa Rica.1 Antes de cerrar sesión, me dio tiempo de entrar a las redes sociales y actualizar mi estado a “Freewhelin’”.

Una espera de cincuenta años

A las once de la mañana estaba abasteciéndome en una pulpería. Compré lo suficiente para aguantar, por lo menos, seis horas haciendo fila. Regresé a la entrada del palacio y le pregunté a una chica de fleco y grandes ojos cafés si esa era la fila para gradas. Me dijo que sí y me sorprendí que hubiera tan poca gente esperando. Pensé que era lo típico, pero también ellos mismos (los costarricenses de la fila) estaban un poco perplejos. Durante el transcurso de la mañana, el número de personas varió entre siete y doce.

Todos los que estábamos en la fila eramos jóvenes, sólo algunos pocos tendríamos más edad que la gira de Dylan, el llamado Never Ending Tour, que arrancó en 19882. Una nueva generación de fanáticos que nació durante la segunda mitad de sus cincuenta años haciendo música. Casi todos eran estudiantes universitarios: Arquitectura, Derecho… lo usual. Como era de esperar, compartíamos algunos gustos. Dos del primer grupo que llegó (a las 8 de la mañana, según afirmaron), eran parte de una banda que recientemente había tocado un tributo a Bunbury y Nacho Vegas en un bar de San José. Este par llevaba playeras de Johnny Cash, mientras que otros iban más arreglados para la ocasión. Las charlas para pasar el tiempo giraban alrededor de diferentes temas: cine, cómics, posmodernismo… hasta que inefablemente volvían a la razón por la que estábamos congregados. Que cómo habían conocido a Dylan, que cómo había influenciado a los Beatles…

En el transcurso de las próximas tres o cuatro horas a mi llegada, el grupo no creció mucho. Las siguientes en llegar fueron dos chicas, una de ellas colombiana, quien por casualidad estaba un tiempo en el país para esas fechas. Luego un muchacho barbudo que cargaba un libro de Carlos Castaneda para acompañar la espera. Al llegar, todos preguntaban si esa era la fila para entrar. “Los que compraron sillas numeradas tienen su lugar asegurado y van a venir más tarde”, era la explicación que encontramos al raro fenómeno de la fila vacía.

Durante la mañana, la pasé callado, repasando las canciones de Bob en mi celular. Al rato, me tocó contar más de un par de veces que era de Guatemala, que había aterrizado esa misma mañana y que partía al día siguiente. En serio. Alrededor de la hora del almuerzo, una amigable pelirroja nos ofreció snacks (oportunamente, ya que mis provisiones resultaron escasas). También rompió el hielo preguntando acerca de las canciones favoritas de Dylan a cada uno de los presentes. La pregunta estaba bien elaborada, ya que uno debía responder en dos partes: primero, cuál era la canción que más lo movía emocionalmente y luego cuál era la que más le gustaba musicalmente hablando. Cuando fue mi turno de responder, escogí Don’t Think Twice It’s Alright y dije que en lo musical, no se me ocurría nada más que el último disco, completo. El interrogatorio dio lugar a otras discusiones, que si Don’t Think Twice la había tocado el pasado 21 de abril, que si alguien se identificaba plenamente con Like a Rolling Stone, que si Knockin’ on Heaven’s Doors ya no formaba parte de su repertorio, etcétera.

Obviamente, los setlists de la gira han ido cambiado, especialmente para incluir canciones de sus nuevos materiales. Aún así, la información sobre los más recientes conciertos en Argentina y Chile, arrojaron cierta luz sobre las posibles canciones que tocaría en tierras centroamericanas3. La mayoría de los que llegamos temprano habíamos hecho nuestra tarea. Uno de los de la banda incluso llevaba consigo una copia de la biografía del compositor escrita por Howard Sounes, a la que apodamos “el testamento”5. Todos daban fe de la importancia de Bob Dylan en la música contemporánea y ninguno cuestionaba su grandeza. Era claro que los que estaban ahí conocían y admiraban al maestro. Era mi tipo de gente.

A hard rain’s a-gonna fall

Creo que ya les he hablado acerca de la lluvia.

Me llamó la atención la ausencia de vendedores callejeros en las afueras del lugar. Sólo un revendedor de boletos y un par de comerciantes de playeras nos hacían compañía. Minutos antes de que empezara la tormenta, uno de ellos empezó a ofrecer capas plásticas al grito de “Ya huele a agua”. Por la módica suma de mil colones, me salvé de una pulmonía segura, aseguró quien me la vendió la capita.

Yo soy uno de esos de capa verde al comienzo de la fila.4

EL CONCIERTO

Otro par de horas más tarde, estábamos adentro del Palacio de los Deportes. El local era un gimnasio de baloncesto, a primera vista, bastante modesto para albergar a Bob Dylan. La incertidumbre de la acústica era una de las mayores preocupaciones, que pronto se disipó. Los asistentes ya se contaban en los miles. Los “de la mañana” conseguimos los mejores asientos de la sala: en la primera fila de la gradería oeste. Unos nos abrazábamos, otros gritábamos… alguno se preguntaba si en la cultura tica sería mal visto orinarse los pantalones de la emoción. Desde nuestro balcón veíamos a los del área VIP, que tardaron un poco más en llegar y se veían un poco menos entusiasmados. Allá ellos.

El dúo nacional de folk, Foffo Goddy, tuvo el honor de abrirle al maestro. A pesar del escepticismo, fueron bien recibidos por la audiencia. Claro, cuando salieron a tocar, se encontraron con un público encendido. Ya todas las defensas habían caído y estábamos listos para lo que fuera. Todo era un mezcla de expectación, novedad y euforia.

Una pausa.
El maestro está a punto de salir a escena. >>

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